A UN PASO
Instalación
Zapatos en porcelana y bombilla con control específico
Dimensiones variables
2020
En esta ocasión busco despertar en el espectador un sentimiento de vulnerabilidad. Convivimos en una sociedad sometida por la violencia desde múltiples frentes: disputas territoriales de grupos ilegales, machismo, dogmatismo religioso, polarización política e incluso tensiones cotidianas tan absurdas como el fanatismo deportivo.
De esta realidad me interesa resaltar el fenómeno conocido como la «frontera invisible». En el contexto de Medellín, este término nombra la delimitación arbitraria del territorio por parte de grupos al margen de la ley dentro de los barrios. Se trata de un límite imperceptible que no discrimina edad ni género: niños, adultos, hombres o mujeres se convierten en un objetivo con el solo hecho de cruzar una calle específica.
Este fenómeno genera una simbología urbana particular. Destaca, por ejemplo, la práctica de lanzar zapatos sobre los cables de energía, una señal con un doble significado: la presencia de un punto de venta de sustancias ilegales o la advertencia de una zona infranqueable. Este símbolo —inconfundible para muchos y contemplado con ingenuidad por otros— evidencia un estado de violencia sistemática que expone la fragilidad humana en nuestro entorno socio-urbano.
Mientras que en algunos sectores existen marcas visuales que identifican estas fronteras, en las zonas más precarias el límite se define únicamente a través del voz a voz y el imaginario colectivo. Al carecer de señales explícitas sobre hasta dónde llega el dominio de un grupo armado o qué calle se puede transitar, se intensifica la incertidumbre, alimentando una permanente sensación de fragilidad e inseguridad.
La obra A un paso está compuesta por una serie de zapatos de cerámica suspendidos de manera aleatoria desde el techo de la sala. En el centro gravita una bombilla que titila al ritmo de la frecuencia cardíaca promedio de una persona. Sin embargo, al aproximarse a ella, la velocidad de la pulsación se acelera hasta alcanzar la tasa cardíaca propia del miedo, la alteración o el esfuerzo físico.
Nos encontramos así ante una metáfora donde la luz encarna las reacciones fisiológicas y emocionales vinculadas al peligro, exponiendo la tensión de sentirnos amenazados y vulnerables.